Peñón del Jorobado. Sierra de Huétor Santillán.Una mañana cualquiera de fin de semana, si invierno, cabizbajos y encogidos tras la niebla del resuello que en ésta gélida ciudad es tan habitual, si estación benévola, estirados y altivos, pero si, siempre ataviados con vestimenta adecuada a las inclemencias y rigor que ordena la sierra, aunque también, ¿y porqué no decirlo?, buscando sorprendernos con un delicado toque de coquetería. Nos dedicamos el saludo fresco y perfumado del alba, dibujamos nuestra sonrisa que, a modo de poderosa revelación, nos perfila un sinfín de viables oportunidades, comienza la vida, se acerca el aroma, se rozan las telas, se presume el contacto, se percibe el aliento, se abren bastones. Comienza la marcha, se escucha el silencio, elevamos el paso, aumenta el latido, compartimos el agua, y la transpiración nos moja para llegar a la cumbre... y no secarnos. Con ansia respiramos el universo que ante nuestros ojos se representa, observamos la inmensidad de paraísos aún no perdidos, desplegamos alas y recogemos sueños que vuelven a buscarnos. Se incrementa el jadeo y el sabor salado impregna el viento, impregna el verde, impregna la nieve, te impregna a ti, nos impregna a nosotros.
